“Blade Runner 2049”: desconocer quien te ama


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Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017), es uno de los escasos espectáculos de gran presupuesto que justifica su visionado en el cine de gran pantalla actualmente, con independencia de otros grandes presupuestos de películas de éxito e ingresos, que aquí se llaman “taquillazos” y en Norteamérica blockbusters.

Blade Runner (Ridley Scott, 1982) era –y es– una referencia ya clásica dentro el género moderno de ciencia ficción, que llegó a considerarse una película de culto. El mundo imaginado y futurista que presentaba, tenía como mensaje, el cuestionamiento de la inhumanidad de los replicantes creados mediante ingeniería biogenética; y lo hacía a través de una producción que elaboraba una atmósfera opresiva, hechizante y degradante a la vez. Un diseño de producción y fotografía, recordemos, anterior a la era de la infografía digital.

En Blade Runner la asfixia estética la proporcionaba la imagen espacio, en Blade Runner 2049 la induce la música y el sonido de Hans Zimmer y Benjamin Wallfish; y lo hace de un modo similar a como la estética de la incertidumbre y el misterio era agudizado por lo musical y sonoro en The arrival (“La llegada”, 2016) del propio Denis Villeneuve con música de Jóhann Jóhannsson, o en The Revenat (“El renacido”, 2015) de Alejandro González Iñárritu y música de Carsten Nicolai y Ryûichi Sakamoto, o en Interstellar (2014) del director Christopher Nolan y música de Han Zimmer, de nuevo.

La vibración sonora en múltiples variantes sónicas, pero sobretodo en graves profundos y percusiones, se aproxima al sublime estético que desborda la capacidad de imaginación del ser humano, y lo incorpora a la dimensión de la consternación, favorecida por el universo sonoro. Desde la distorsión a la armonía, es un programa sonoro magnífico, hipnótico/onírico, fantástico. Pero, a pesar de esto, la banda sonora original de Vangelis en Blade Runner (Ridley Scott, 1982) es única, y por supuesto contribuye también formidablemente al espacio visible del film.

Blade Runner era/es un icono del mundo creativo futurista, con el carácter posthumano y pesimista que lo define, incorporando referencias del mundo contemporáneo en que vivimos como el desarraigo social, el apocalipsis ecológico, el control policial, la usurpación de la libertad por la ingeniería genética, el consumismo y la venta de deseos. Blade Runner 2049 es una secuela excelente excepto en algunos tópicos, y seduce en la intención de una tercera parte. Tiene el mismo espíritu del género negro con detectives, policías y villanos, como tenía la primera, y estéticamente cita escenografías y elementos musicales de la partitura de Vangelis.

A su vez, extiende nuevas posibilidades respetando el lenguaje visual original. Por ejemplo, en el modo en que incorpora la infografía virtual, o las hologramas en diversas secuencias con la replicante incorpórea como protagonista, Joi (Ana de Armas), la amante virtual del agente K (Ryan Gosling); o en las recreaciones de héroes del imaginario hedonista norteamericano de Las Vegas, como fueron Frank Sinatra o Elvis Presley. Para la cultura popular musical es un regalo, una cita creativa de la decadencia de cualquier tipo de verdad real en un futuro que empieza a ser presente: en ese futuro todo se podrá ver holográficamente extraído de cualquier filmación o en cualquier recreación.

En la primera película se veía cómo en un futuro no muy lejano (2019), en una oscura ciudad de Los Ángeles, un policía retirado, Rick Deckard (Harrison Ford en ambos filmes), es pretendido para una misión policial: la eliminación –“retiro”– de un grupo de replicantes que se han sublevado del control al que les someten al ser prohibidos en la Tierra, por problemas civiles. Una misión propia de una brigada especial, los llamados blade runner. Los robots biogenéticos han sido creados por la compañía Tyrell Corporation para hacer prácticamente de esclavos.

En la secuela, Villeneuve retoma la idea de la identidad desconocida o indeterminada –entre replicante y humano–, que se encontraba en la novela de Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968). Para Ridley Scott, Rick Deckard era un replicante (algo que toma mayor credibilidad en la última versión del montaje del director), pero para Harrison Ford, su personaje era humano. (Cuando Ridley Scott decidió poner en marcha, como productor, la secuela de Blade Runner, Harrison Ford estaba incorporado al proyecto como indispensable, junto a Villeneuve y el guionista de ambos filmes, Hampton Fancher).

En una misión de retiro de un modelo antiguo de replicante, el agente K (interpretado por Ryan Gosling), se encuentra con el hilo conductor que lo lleva a la historia de la primera película. El agente K es un blade runner replicante también, que comienza a ser consciente fuera de su programación limitada de algo más allá que parece imposible.

La identidad de los replicantes es lo más fascinante de la última película. Si ambas son magníficas estética y visualmente por crear un mundo bajo el control de la ciencia en clave fantástica, a esto se le debe añadir la dimensión ética humana, que plantea de manera subyacente. Ramon Freixas, escribía que el género de ciencia ficción tiene la pertinencia de dar un contexto filosófico, o su negación, a las pesadillas del ser humano contemporáneo, a los descubrimientos científicos, a los límites utópicos o distópicos, a lo que es real o no, al futuro o al presente, a los sueños o definiciones de humanismo, materialismo o espiritualismo, es decir, a lo que tiene de inquietud o le es propio o ajeno en su sociabilidad y en el universo.

Si el género de ciencia ficción abre la posibilidad de lo probable e improbable, de lo verosímil e inverosímil, el proyecto Blade Runner cuestiona todo el sistema de lo programado genéticamente e inserta el milagro no científico, que es la clave y el origen de ambas películas. ¿Puede ser humana la copia del ser humano? ¿Tienen alma esas copias programadas con apariencia humana? ¿Pueden tener sentimientos?

En un capítulo de la serie de televisión Black Mirror (“Ahora mismo vuelvo”, T.2: E.1) también aparece esta idea. En concreto la generación de un cuerpo biológico/tecnológico al que se le incorpora los recuerdos de una persona fallecida; una empresa vende réplicas de cuerpos e implantes psicológicos con programas de la vida del difunto y otros más genéricos. Lo más inquietante es que sustituyen a los muertos pero no en sus ambigüedades, deficiencias y sentimientos, o sea, no en el alma.

La imaginación de la ciencia ficción es el ojo que todo lo puede ver. La posibilidad de que puedan reproducirse replicantes con humanos o replicantes con replicantes, sin saber muy bien su propia identidad, “dispara” contra la ambición de la corporación Tyrell que “fabrica” los modelos replicantes, cuyo propietario e ideólogo, Niander Wallace (interpretado por Jared Leto), juega a ser la divinidad creadora. Las secuencias en que aparece Wallace son las más simplificadas, en base a la idea del loco ambicioso e inteligente, que tiene el dominio y poder desde su fortaleza tecnológica, frente a los replicantes que son conscientes de su derecho a ser humanos y a no ser eliminados.

Evitar una rebelión social por parte de los replicantes, sabiendo que pueden engendrar y procrear, sería el final de la tecnología genética, a favor del milagro, ¿A favor del milagro de la genética invisible llamada amor? Es más, la pregunta podría ser: ¿Será posible que las células y su ADN, programados de una manera natural, bioquímicamente, o de otra, manipulada genéticamente, puedan adquirir consciencia del exterior en forma de sentimientos/emociones, información psíquica, conductual, biológico/química, y que puedan ellas mismas modificarse, principalmente las del cerebro, y especialmente las del corazón, como órganos del funcionamiento -consciente e inconsciente- de la vitalidad?

RickyRachel

Rick y Rachel (blogaboutall.ru Pinterest)

¿Qué ocurre entonces con el amor? ¿Se trata de esa apertura a la identidad del otro, aun a sabiendas de la escasa información que se tiene de la confección celular genética que poseen los individuos en ambas películas? El proyecto Blade Runner puede estar plateando la pregunta por el origen del alma. Al respecto, el cometario “a veces para amar a alguien debes ser un desconocido”, que hace Rick Deckard al agente K en Blade Runner 2049, aun teniendo otro significado dentro de la película –y que el espectador deberá descubrir por sí mismo–, responde a su esencia: el desconocimiento es la ausencia de perspectivas, y así se inicia la consciencia del amor –la apertura, la nueva información que permanece igual en cada célula, en cada elemento cósmico, y en cada individuo– que no es la ceguera de la fatalidad como destino.

La puerta a lo desconocido es el inicio y finalidad del amor. El otro orienta tu ADN invisible y te une al tuyo propio. A mayor consciencia de ello menor inconsciencia fatalista. A mayor complejidad menor consciencia de amor. Podría decirse que ser un desconocido para amar a alguien es el principio de un saber muy antiguo sobre la conciencia del amor: su pleno e ilimitado sistema de no actuación, que es la ingenuidad.

En la película Blade Runner, Rachel y Rick Deckard se enamoran. Rachel es una replicante que está diseñada para generar sus propios recuerdos, pero no sabe que es una replicante. Rick es un sabueso “ex-asesino, ex-blade runner, ex-policía”, que vuelve a trabajar para un encargo de asesino; y tal vez sea replicante. Su historia de amor mueve argumentalmente a Blade Runner 2049.

A pesar de la cosmovisión de una megalópolis o de un planeta en apariencia inhumano, la ciencia ficción aparece humana dentro de lo genéticamente improbable. Parece existir dentro de dicha visión pesimista un enfoque entorno al ser humano y su alma, y cómo se inserta en una genética sin alma. ¿Será mediante la flexibilidad de la consciencia, que es un desconocimiento consciente, o el amor que interrelaciona la vida de esa conciencia?

Eduardo Beltrán Jordá

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