“Langosta” (“The Lobster”, Yorgos Lanthimos, 2015)


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El hotel de la película

Langosta (“The Lobster”) es una película que fabula una distopía en toda regla. Yorgos Lanthimos realiza su primera película fuera del entorno cinematográfico independiente y practica con más amplitud de recursos y actores más reconocidos. El protagonista masculino lo interpreta Colin Farrel, y la protagonista femenina es Rachel Weisz.

La clave de la distopía consiste en que cualquier control ideológico, social o económico sobre nuestra felicidad o bienestar, como personas individuales o como colectivo, puede derivar en un indeseable totalitarismo. Por tanto, se trata de imaginar a través de la metáfora artística o narrativa, un lugar (topos) o una sociedad carente de libertades, o dirigida en sus prácticas y conductas. Es evidente que estas utopías inversas surgen en momentos de cambio en la morfología psíquica de las sociedades, y son útiles para el reconocimiento de nuestros colectivos más próximos, así como también de los más lejanos. A partir de ahí que cada quien piense si la metamorfosis que existe en nuestro entorno, la queremos expresar a través de la ansiedad, de la creatividad, o quizás por medio de ambas. Langosta participa de ese aliciente que el cine traslada a la reflexión.

Un lugar –un hotel– donde se forman parejas, aislado de la ciudad, donde descubrir o fingir una relación para que no te conviertan en un animal (este es el único elemento reconocible de ciencia ficción), o huir al grupo de proscritos que está sin pareja en el bosque, es el argumento-ficción descrito en Langosta. El tratamiento está dentro de un realismo reconocible, pero es un realismo imaginado. Es decir, que a pesar de ser un argumento de ficción o ciencia ficción, se revela como cotidiano o contemporáneo a nosotros, sin la estética post apocalíptica mezclada con una sofisticación futurista –con elementos depravantes imitados de civilizaciones antiguas–, la cual sí aparece en la trilogía cinematográfica de los Juegos del hambre. Al contener una fábula distópica, la ambientación no necesariamente nos debe ubicar en el futuro. Nos debe hacer caer en la cuenta de la actitud aséptica de un mundo automarginado que ha cedido su capacidad de juicio y voluntad. Por eso notamos que Lanthimos se acerca al teatro del absurdo en diálogos, acciones, actitudes, escenas, etc. Esta manifestación enfatiza la inserción en nuestras vidas del nefasto lugar al cual nos induce a pensar que podemos llegar, si formamos una sociedad en la que se han usurpado los objetivos personales de libertad o felicidad, por unas normas desvinculantes o dogmáticas. Las actitudes uniformadoras de supuestas estructuras de bienestar, cuyo mecanismo coercitivo es tan capitalista como socialista, traerán consecuencias –siempre desde el lado peyorativo– como la corrección política, la desinfección sentimental, la estupidez emocional, el simplismo púdico, los sucedáneos psicológicos, o las identidades oprimidas psíquicamente.

Yorgos Lanthimos parece estéril a la inmersión moral, se centra en una película escéptica, pero tampoco ajena a una mordacidad, quizás no tan negra, pero sí mortecinamente gris. En el momento en que el protagonista renuncia a encontrar pareja, se reúne con los parias, fuera del orden de una sociedad banal, y la película se reitera sin interés, menos el de reflejar una historia de amor excepcional más (lo extraño es tan narcisista para la personalidad), que se distrae en la particularidad y los límites extenuantes de cada individuo de la pareja. Algunas de las estéticas de la contemporaneidad llevan a la representación de las fuentes trágicas del amor sin tragedia (aunque la fatalidad nunca desaparece), y la pasión se hace caprichosa y sin resquicio de halo dramatúrgico.

Notar el grado de alienación humana es el verdadero aliciente para ver esta película. Se halla en uno de sus logros: en el absurdo, en la reducción de toda representación lógica y de toda conciencia.

Ver en Filmin



Eduardo Beltán Jordá
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